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Valentín Villalón Benítez

DESPERDIGADOS VERSOS


Desperdigados Versos

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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Hacia el olvido.

Definitivamente terminados.
Definitivamente son recuerdo.
Definitivamente ya archivados,
aquí dejo mis versos.
Definitivamente me has juzgado.
Recibo entristecido mi suspenso.
Definitivamente, hacia el olvido,
bogando hacia el olvido van mis versos.
Como imágenes perdídas en la noche

quedarán en la noche de los tiempos.
Como las hojas, que de un árbol,
se pudren en el agua y en el cieno,
así olvidados...
Sin alcanzar siquiera ser impresos.
Definitivamente hacia el olvido.
¡Bogando hacia el olvido van mis versos!

 

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A un álamo del arroyo de la higuera.
Nacido en una fuente,
a un costado del pueblo
junto a pequeñas huertas
discurre un arroyejo.
Al borde, en sus orillas;
junto a los chopos frescos
que prestan su verdor
a los secos barbechos,
cerca ya de las tapias,
casi pegando al pueblo,
frente a una noria hundida
hay un álamo viejo.
Está solo, cansado,
agotado y enfermo.
Tiene ramas podridas
junto a muñones secos,
y entre sus pocas hojas
nos muestra su esqueleto.
A veces, al pasar,
he visto alzarse al cielo
en siniestra visión
la figura de un cuervo.
Confieso que me atrae
y a la vez me estremece
la figura del cuervo.
Pero vuelvo a pasar
ante el cuadro siniestro
que forman en la tarde
las ramas amarillas
y las plumas del cuervo.
Parado junto al árbol,
como angustia el silencio.
He mirado hacia mí,
angustiado y obseso
temiendo que a mis hombros
venga a posarse el cuervo.
Y al observar mi alma
frente a este álamo seco,
he pensado yo en mí,
y como él, yo me encuentro,
solo, cansado, triste,
erosionado , viejo,
con pocas hojas verdes,
¡y cuántos ramos secos!
 
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El Pilar.

Fuente de mi pueblo
de aguas siempre limpias,
¡qué sola has quedado,
qué triste tu vida!
Recuerdo como antes,
cuando el sol salía,
se oían los carros
cargados de mieses,
que hacia aquí venían.
Las claras mañanas,
los atardeceres
y hacia el mediodía,
todas las yuntas
que hacían la trilla,
con los trilladores,
en ellas montados
al agua venían.
Todos los caminos
que aquí convergían
eran más alegres
que la misma vida.
Y en todos los árboles
formaban los pájaros
gran algarabía.
Las tapias tan blancas,
las aguas tan limpias,...
Todo lo que cerca
de aquí se movía,
estaba contento,
el agua era vida.
Y todas las tardes,
y todos los días,
a llenar los cántaros,
contentas,  alegres,
las mozas venían.
Bajaban en grupos,
en grupos subían.
Luego con los mozos,
en calles y esquinas
cambiaban saludos,
miradas,
o alguna sonrisa.
Cambiaron los tiempos
y cambió la vida.
Las mozas que antes
por agua venían,
hoy ya son mujeres
viejas y enlutadas
de carnes marchitas.
Ya no vienen carros,
ni mulas, ni chicas.
Ni se oye la yegua
llamar a la cría.
Ya no se oyen voces,
ni cantos, ni risas,
ni se ven los mozos
junto a las esquinas.
Los árboles viejos,
sus ramas marchitas.
El Pilar sin agua,
sus tapias caídas.
Todo está desierto.
Todo está sin vida.
 
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Poeta.
Mientras ojeo unos libros
que no encierran trascendencia
y voy pasando las hojas
sin ver apenas siquiera
los asuntos de que tratan
ni el pensamiento que encierran,
siento muy cerca a mi hija,
con voz sonora y resuelta
que con presteza me inquiere,
le diga, que es un poeta.
Sin apenas hacer caso,
sin apenas darme cuenta,
sigo pasando las hojas
sin darle alguna respuesta.
Y entre abstraído y confuso
oigo su voz más inquieta
que con un tono más fuerte
pregunta: ¿qué es un poeta?
¿Un poeta? digo yo:
A todo el que escribe versos
el mundo llama poeta.
 Sorprendido en el fondo
por tan escueta respuesta,
me pregunto la verdad
que existe en ella.
Dejo despacio los libros,
que apenas si me interesan
y solo en mi habitación,
voy buscando la respuesta.
Poeta es el labrador,
que sobre la tierra
deja trabajo y semillas
y espera pasando el tiempo
que el campo se lo devuelva.
Es, quien en las tardes
largas de la primavera,
se va solo por el campo,
a oír cantar a los pájaros,
a ver de crecer la hierba,
a ver descender la tarde,
a ver salir las estrellas.

A ver alzarse en la noche
como una gran carabela
la luna grande y redonda
con la sombra de sus velas.
Es, quien ama el silencio,
es, quien comprende a las piedras.
Poeta es el que ama
sin esperar respuesta.

Despacio se va la tarde,
la noche cae sobre ella,
 no sé el tiempo que ha pasado
ni el tiempo sé que me queda
para con pocas palabras
poder dar clara respuesta
a una pregunta tan grande
 que me hizo mi hija pequeña.
 Sin  tener seguridad
que mi respuesta sea buena,
 pienso: poeta es el que siente,
 y lo que siente, lo expresa.
No a todo el que escribe versos,
 puede llamarse poeta.


 
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La Nieve.
Una luz invernal
difusa y fría,
asoma por la reja
de mi cuarto.
Y pegado al cristal
de mi ventana,
yo contemplo la nieve
en los tejados.
En la calle habita la tristeza.
Hay un gato
varado en un tejado,
centellean las luces
en la niebla
y oigo apagado
el ruido de unos pasos.
 
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La noche.
Camino del olvido
da sus últimos pasos la tarde.
El sufrido camino,
poco a poco
vuelve a desfigurarse
y las sombras envuelven
con un manto muy grande
el paisaje diario
de sembrados y eriales.
A la escueta llanura
la noche ha venido a posarse.
Han llegado la noche y el frío,
como eternos amantes.
Y la tierra parece una tumba,
una tumba muy fría y muy grande.
Un lugar de reposo y olvido,
un erial sin fronteras, ni árboles.
 
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Camposanto.
La puerta
junto al camino.
Sobre la puerta
una lámpara.
En la lámpara
silencio.
Y en el silencio
las tapias.
Entre las tapias
cipreses
y entre los cipreses
lápidas.
Bajo las losas
los huesos.
En el recuerdo,

 perdidas…
cruzan bogando

 las almas.


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Últimos días.
¿Que cómo me encuentro?
Postrado en la cama,
observando mi piel amarilla
y mirando mis uñas moradas
viendo acercarse a los míos
y salir corriendo hacia la otra sala
y con el pañuelo ahogando
un sollozo secarse las lágrimas.
Oyendo los ruidos que,
como voz de vida lanza la mañana,
y escuchando en la noche
a los perros en eternas ladras.
Esperando que Dios en el cielo,
le diga a la Parca:
Acércate y corta,
dile que ya basta.
 
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Mi verso
Mi verso es tristeza,
mi verso es recuerdo,
mi verso es la pena
que llevo por dentro.
¿Y qué es la tristeza,
si no es recuerdo?
Y el recuerdo es pena
que se lleva dentro.
Y penas, tristezas, recuerdos;
eso son mis versos.
 
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Amargo. A un galgo.

 Amargo, el viento te trajo.
En la tarde de noviembre
cuando el viento del otoño
iba arrastrando unos cardos
sin que nadie te esperara,
apareciste soñando.
Duro iba mordiendo el viento
Los  surcos recién sembrados.
El cielo con nubes grises
iba oscuro y muy cargado.
En el arroyo los árboles
amarillos y plateados,
iban soltando las hojas
en lamento prolongado.
En las esquinas del pueblo
el viento daba portazos,
se rompían las bombillas
y crujían los tejados.
Por el camino hacia el pueblo,
un carro va con gitanos,
las mujeres iban dentro
y detrás iban los galgos.
Y sobre el pardo barbecho...
tú apareciste, Amargo.
Flecha parada en el aire
suave y duro como el mármol,
escuetas líneas geométricas
elevadas en el plano.
Castilla escrita en Castilla,
corredor seguro y largo,
monumento que a la Mancha
Dios le dio cuando hizo el galgo.
 
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Desde mi senda.
 Te hablo mujer desde mi senda
con mi vida gastada,
apunto de marchar,
atado a la rueda de mi vida
y esperando muy pronto terminar.
Quiero decirte que, aunque no te veo,
te siento y te quiero mucho más.
Los sueños me hablan en tu ausencia
porque el recuerdo... tan lejos está.
Te hablo mujer desde mi orilla
sin siquiera saber adónde estás,
sin saber si la vida fue contigo,
generosa, adversa, cruel...
No sé si eres madre, o tal vez virgen,
si amar te hizo feliz, o triste oscuridad
sin saber siquiera si estás viva,
o si la muerte viajó contigo al más allá.
No sé nada de ti.
Pero en tu ausencia mis sueños te recuerdan
y mi mente te hace realidad,
y cuando llega el día
y sus ruidos me hacen despertar
contemplando tu imagen que se pierde
pienso: hasta la noche,
que la noche es feudo del poeta
y la noche se hizo para soñar.
 
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Pintor.
Déjame pintor que pase.
Déjame que quiero verlos.
Quiero sentir en tus cuadros
lo que yo escribo en mis versos.
Quiero ver esos corrales
con los arbolillos dentro,
y la plaza abandonada
donde se juntan los viejos,
la calle larga y sin nadie
el corredor triste y viejo
y las mujeres que al sol
van cosiendo sus remiendos.
Quiero ver sendas y zarzas,
quiero ver caminos viejos
quiero ver las viejas tapias
que cercan el cementerio,
y los escuetos cipreses
que acompañan a los muertos.
Y bogaré por tus cuadros
hechos de colores viejos
llenos de luz y tristeza
llenos de angustia y misterio.


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Campos de mi pueblo.
Campos de mi pueblo
dura y triste tierra,
por aquí busco el agua
donde lavar mis penas.
Por los largos caminos
y las grises veredas.
Por los pequeños cerros.
Por los tristes olivos
y la alegre alameda...
va pasando mi vida
silenciosa, sin fuerza.
Y por amplios caminos,
por estrechas sendas,
por los pardos barbechos
y las pequeñas huertas
con mi cuerpo cansado
y mi alma sangrienta,
voy paseando solo
con mi sombra y mi pena.
Al acercarme al pueblo
por la pequeña senda
a mi alma pregunto
por sus cuitas y penas.
Y las oigo en el fondo,
monótonas, eternas,
cual se oye la lluvia en el campo,
como el agua se oye en la acequia.
 
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Pasan, pasan las tardes.

Pasan, pasan las tardes
indolentes y torpes.
Su cansancio continuo
nos abruma y nos mece
en antiguos recuerdos.
Y nuestro cuerpo pobre,
va perdiendo la lucha
que el tiempo le plantea
al tic-tac monocorde.
Pasan, pasan las tardes,
vaporoso el recuerdo
tupido manto corre
a los hechos pasados
y en su lento camino
por su vago horizonte
difusas sombras dejan
vaporosas y torpes.
 
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Éste será mi último poema.

Escribiré mi último poema.
Recitaré mis últimos versos.
No volveré a escribir ninguno
porque no quiero que
mis versos suenen huecos.
No quiero oír que suenan
como tabique apanderado,
ni como cántaro viejo,
ni como la voz del cura los domingos,
ni como la voz del pregonero...
Antes que de esta forma oírlos
prefiero yo quemar todos mis versos.
 
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Caperucita.

Andaba y andaba,
la nieve caía.
De ver a su abuela
con su caperuza
la niña venía.
Muy pobres sus ropas
ninguna comida.
Miraba y miraba...
a nadie veía.
Pensaba y pensaba
en lumbre y comida.
La tarde acababa
la niña perdida...
Y de entre la nieve
lúgubre y sombría
el aullar del lobo,
asustada oía.
El frío arreciaba,
las sombras crecían.
Y poquito a poco,
la Caperucita
sus fuerzas perdía.
Por ver que tal noche
de Navidad hacía
San Pedro, en el cielo
sus puertas abría.
Y vio que las huellas
que en la nieve hacía
nuestra pobre niña,
el astuto lobo
corriendo  seguía.
Bajaron los ángeles
a todo correr,
sus alas batían
y cuando llegaron
buscando a la niña,
hallaron sus ropas
y sangre vertida.
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Tristeza.

¿De dónde vienes tristeza?
Dime tú, ¿por dónde entraste?
Pero... quédate conmigo,
que tengo ganas de hablarte.
Estaba solo en mi cuarto
y por mi ventana entraste.
¿O fue el piar del canario
del que preso oigo su canto,
o las voces de los chicos
que tratan de acomodarse
a las reglas de sus juegos
en esta aburrida tarde,
los que hasta aquí te trajeron?
¿Fueron las hojas caídas
de estos desnudos árboles
que movidas por el viento
oigo caer y marcharse?
Quizá el sol del invierno
viajó contigo esta tarde
y te dejó junto a mí
para que me acompañases.
Pero,... quédate conmigo.
No, por favor, no te marches,
que  tengo que hablar contigo,
cosas tengo que contarte.
 
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Caminos.

Estrechos caminillos
de mi pequeña patria,
cuna de los recuerdos
que anidan en mi alma.
Tenéis caminos chicos
que alumbran a mi alma
que sienta yo el recuerdo
de mi vida pasada.
Pasaré por vosotros
contando vuestras piedras,
parándome en las zarzas,
y sentiré tristeza
angustias  y nostalgia.
El recuerdo imborrable
de mi vida que pasa.
Y por vuestro sendero,
con mi alma sonámbula
seguiré hablando solo,
entre piedras y zarzas,
devanando recuerdos
perdidos en mi alma.
 
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Cementerio

Cementerio de mi pueblo
de viejas y blancas tapias,
de altos y enjutos cipreses
(aristas de miedo y lágrimas).
Tus viejas cruces de hierro,
tus capillas y tus lápidas
traen a mi mente recuerdos
y la angustia de mi garganta.
Las blancas losas de mármol
arropan cual blanca sábana
esqueletos amarillos
que borra el tiempo y el agua.
Me hablan tanto los recuerdos…
que mi boca se hace amarga
y mi triste corazón,
vieja, ya y cansada máquina
me hace sentir de cerca
tu larga y triste llamada.
¡Ay, pequeño cementerio!
hecho de piedras y tapias,
lleno de historias pequeñas,
lleno de ortigas y malvas.
Cuando recibas el cuerpo
en que hoy habita mi alma
junto al lugar de mis huesos
guarda el recuerdo del alma.
 
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A un pedante. 

Su sonrisa es el placer
con que suele concluir
su atinada observación
en espera de obtener
tu sentida aprobación.
Cuando se pone a marchar
lo hace con tal precisión,
que el sonar de su tacón,
lo solemos confundir
con el tic-tac de un reloj.
Tic-tac-tic, tic-tac-tic-toc.
Su rimado caminar.
Tic-tac-tic... tic-toc-tic-tac.
Su estudiada  vanidad
tic… tac… tic… tic… tac …  tic… toc
Su morbosa presunción.
Tic-tac-tic... tic-toc-tic-tac.
Su sonido no es metal.
Su sonido es la oquedad,
que nos enseña al quebrar,
un vacío cascarón.
 
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La casa de mi abuela.

Paseando una noche de invierno,
cansado de casino, de ruido y de tabaco,
he llegado a la plaza ajardinada,
donde envejece la casa de mis antepasados.
Es una estancia fría.
Tienen sus balcones fuertes empersianados
y sus puertas de grandes llamadores,
dan a un zaguán muy largo.
Un zaguán con una puerta al fondo,
 en donde está el reloj parado.
De todas sus estancias, guardo
el recuerdo de quienes la moraron.
Penden de las paredes, cuadros,
tapices, espejos, los muertos retratados...
En la planta de arriba, al andar,
se oyen teclear los baldosines levantados,
y en el patio esos pájaros negros
que siempre están chillando.
Por sus ventanas agrietadas,
el sol entra listado,
lanzando contra muebles y paredes
regueros de polvo iluminado.
Cómodas, armarios, canastillos,
camas, sofás, sillones desechados...
Cuanto mueble viejo encierra.
Cuantos objetos olvidados.
Cuanta tristeza encierra el viejo caserón.
¡El viejo caserón, que siempre está cerrado!
 
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Don Perseverando.

Exhibiendo la historia de su vida
en el casino viejo y mancillado,
rondando ya el ocaso de sus días,
pasa las horas Don Perseverando.
Guarda recuerdos de la guerra
que dice, la hizo encarcelado
y exhibe orgulloso la medalla
que, por sus méritos,
la Patria le ha donado.
Luego... nada.
Es un vanidoso consumado.
Su tragedia, es la triste egolatría
de quien no ha sido nada,
y todo lo ha soñado.
 
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Canto rodado.   Mi primer poema. A mi hija Mari Carmen.

Decían en la antigua Grecia, que a los poetas el primer poema se lo daban los dioses.

Canto rodado, pequeño,
que no llegas a ser piedra.
Canto gastado y redondo
de tanto rozar la tierra.
En todos sitios estorbas,
de todos sitios te echan.
El labrador, no te quiere
y al caminante molestas.
Y tú rodando y rodando…
sin que nadie te defienda.
Buscando tierra de nadie
para que no te echen fuera.
Y al mismo tiempo que ruedas,
vas dando tumbos y tumbos,
y te vas haciendo tierra,
te vas haciendo pequeño,
¡y te va ahogando la pena!
 
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Un día me iré.

Aquí estoy,
ésta es mi vida
junto a unos chopos,
junto al camino,
cerca del agua,
cerca de un cerro,
cerca de un arroyo.
Pero... un día me iré,
a lo mejor…
muy pronto.
Quedará el recuerdo,
que el tiempo borrará,
como el arado los rastrojos.
Y quedará el camino,
quedará el cerro,
Quedará  el arroyo.
Y por el arroyo,
seguirá el agua su camino.
Como cuando yo estaba,
todo tan monótono.
 
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A mis alumnos

Estoy ya muy cansado
por hacer,
me queda ya muy poco.
La vida sobre mí
ha dejado sus escombros
y moverme, me resulta
un tanto fatigoso.
Pero, hay algo,
que a la vez,
hace sentirme
esperanzado y animoso.
Algo, que en definitiva
yo os debo a vosotros.
Este contacto vuestro,
este quehacer
que yo comparto con vosotros,
dará su fruto un día.
Y si hay algo en mí,
que valga conservarse
espero, que lo llevéis
y crezca con vosotros.
 
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Guerrillero. A salvador Puig-Antich, último ejecutado en España, con garrote vil, tras ser condenado por terrorismo en consejo de guerra en Barcelona.

Con las manos atadas
lo mataron.
Nadie miró su vida
y su quimera.
Después de condenado,
lo insultaron
sin que una sola voz
lo defendiera.
El tiempo pasa… y olvidado,
el vencido espera.
Recibirá una oración
en el ocaso,
y su tumba...
de flores cubrirá la primavera.
 
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15 de Septiembre de 1987. (En la escuela)

Se acabaron las fiestas,
se acabaron.
Ya no se oye el tambor,
ni la trompeta.
Cesaron el bullicio
y los cohetes.
Se acabó el tronar
de las orquestas.
Volvieron el sosiego
y la quietud
a las calles y plazas
tras la feria.
Se marcharon los puestos,
los feriantes,
y volvieron los chicos
a la escuela.
 
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Desde mi ventana.

Oscuro está el día,
triste se ve el campo.
Oscuros y grises
se ven los tejados.
Desde la ventana
que alumbra mi cuarto,
veo tejas grises
y tristes los pájaros.
En la lejanía,
invitando al llanto,
escuálida y seca,
la copa de un árbol.
Pardas las paredes,
corralones pardos,
montones de leña
junto a los tejados.
En un caballete,
con grandes maullidos
se increpan dos gatos.
Y en este silencio
que inunda mi cuarto,
los ruidos que se oyen,
son quejas,  o llantos.
 
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La noria.

El sol abrasaba,
la rueda gemía.
Y los cangilones
cargados con agua
subían, vaciaban,
bajaban, llenaban, subían...
Eterna la rueda,
monótona rima.
El pobre jumento
andaba, bajaba, subía.
Los ojos tapados.
Solo lo acompañan
tábanos y hormigas.
Delante camino…
y detrás,  el látigo
que mueve la ira.
Y entre palo y palo,
despacio o deprisa
dormido... sonámbulo...
camina... camina…
 
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Las zarzas del camino.

 

 

Al borde del camino
marchitas, maltratadas,
tiznadas por el fuego,
que sus ramas quemara.
Sin ninguna defensa,
solas crecen las zarzas.
Como niños mendigos
a quien nadie cuidara.
Todas llenas de espinas
como las almas malas.
Sin ningún jardinero.
¡Solas... abandonadas!
Anduvieron errantes
por zonas despobladas
y, por eso, dolidas
de ser tan maltratadas,
se cubrieron de espinas
porque no las pisaran.
Andando en mis paseos,
las veo tan desoladas...
no dan sombra, ni fruto
ni dan nada de nada.
¿Acaso no las quieran
porque no tienen nada?
Al borde del camino,
solas… abandonadas,
en la tierra de nadie,
junto al duro camino
creciendo lentamente,
¡van dejando sus ramas!
 
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Un día dejaré la escuela.

 

  

Y cualquier día dejaré esto.
Me alejaré de los chicos,
y de los maestros.
Cualquiera de estas tardes
será la última
que entre en este aposento.
Este aposento,

 que a fuer de estar en él,
lo siento y lo quiero,
como a los chicos, a las mesas
o a estos libros viejos.
De esta casa me llevaré
un gran haz de recuerdos.
Recuerdos que evocaré
en otros aposentos.
Recuerdos entrañables
de hechos pequeños,
de hechos que me ayudarán
a llevar el tiempo que me queda,
hasta que me adapte
a andar por otros senderos,
para que la vida que aún tengo,
no sea para mí,
un páramo árido y desierto.
 
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Otoño.

Una suave brisa
mueve las cortinas
y tras los cristales
en la lejanía,
la tarde de otoño
tranquila dormita.
Mientras, en la clase,
en vulgar rutina
voces de los chicos
monótonas riman.
¿Me dejas un lápiz
que el mío no pinta?
Allá en un rincón
dos bonitas niñas
en suave dialogo
se cuentan sus cuitas.
Luego, en el pasillo,
una voz chillona
regaña a unas niñas
que había en los lavabos,
contándose a solas
su última conquista.
Yo desde la mesa,
hago de cronista
de un grupo escolar
que existe en Castilla,
en un pueblecito
de pocos vecinos
y limpias casitas,
que tiene una plaza,
Iglesia y Ermita,
Fábrica de Harinas
y Cooperativa.
 
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Gris.

Gris está la tarde,
gris se ve la tierra,
grises son las nubes
y grises las penas.
En la tarde gris,
hasta mi ventana
la lluvia se acerca
y en esta penumbra,
(paredes y rejas)
siento yo a la muerte
que me ronda cerca.
Y la siento gris,
y la veo negra.
Ya la oigo acercarse.
Despacio se aleja.
Ante tanto gris
mi alma se inquieta.
Y a mí me pregunto:
¿Qué es lo que me pasa?
Hoy,  que es primavera,
veo gris la tarde,
veo gris la tierra,
y siento a la muerte,
que me ronda cerca.
Descanso yo solo
y miro a mi alma,
callada,,  serena,
en el gris perdida,
en lo gris inmersa.
Sin que nada me dé
alguna respuesta,
sigo yo esperando,
hoy, que es primavera,
en la tarde gris
¡A la muerte negra!
 
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Alguien me arreglará este magnetófono.

Necesito un mecánico
que me arregle este objeto,
que archive mis palabras,
como el oficinista documentos,
para guardar mi voz,
y mi verso.
Y que un día los descubra
el escudriñador,
el deshacendado,
el bohemio.
Y al pulsar una tecla,
mis palabras grabadas,
al oyente lejano
le lleven lo que siento,
y el recuerdo del artesano,
que arregló el objeto,
para guardar mis versos.
Los versos de un poeta pobre,
los versos de un poeta
sin rima y sin premios.
 
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Pobrecillos mis versos.

Rotos, tachados, solos,...
¡Pobrecillos mis versos!
Sin nadie que los lea,
perdidos como un eco.
Tan pobres como un pájaro,
tan solos como un muerto.
A veces, al mirarlos,
viene a mi pensamiento
algún hecho olvidado,
un perdido recuerdo.
Acaricio el papel
como a sagrado objeto,
y en mi desierto cuarto
con ellos yo me encierro.
Al volver a mirarlos,
cuando vuelvo a leerlos,
siento que entre sus líneas
junto a las tachaduras,
en un renglón desierto,
quedó parte de mí.
Y de mi yo perdido,
encuentro trozos dentro.
 
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Con vosotros me iría.

Nubecillas viajeras
que cruzáis en la tarde
no me dejéis aquí,
con vosotras llevarme.
Pajarillos pequeños
que cantáis en la tarde
igual que os alejáis,
yo quisiera alejarme.
Contigo vientecillo
que cruzas esta tarde,
contigo yo me iría,
donde quieras llevarme.
Con vosotros me iria,
destellos de la tarde
sin preguntar adónde,
donde queráis llevarme.
Y pasáis sobre mí
pajarillos y aire,
nubecillas viajeras,
destellos de la tarde,
sobre vuestro sendero,
sin esperar a nadie.
Y sigo yo aquí solo
en esta triste tarde
solo hablando conmigo…
y continúo pensando
mientras se va la tarde,
que ya no he de viajar,
¡que ya, se me hizo tarde!
 
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A vosotros, los de la conciencia tranquila

Tenéis la lección bien aprendida,
vuestros engranajes son perfectos.
A todos los impulsos recibidos
respondéis con los mismos argumentos.
Nada se os romperá, ¡os lo prometo!
Vuestros engranajes son perfectos,
terriblemente perfectos.
Os auguro que la duda
no os romperá el cerebro.
De piedra os podían haber hecho,
pero así, pocas cosas más,
vais a meter en vuestro cerebro.
A las nuevas ideas responderéis
siempre, con los mismos argumentos,
siempre los mismos, los mismos argumentos.
A  vuestros cerebros,
hechos para durar,
les encuentro una limitación,
un serio contratiempo.
Por más que busqué,
no encontré en ellos sitio,
no encontré un solo hueco
donde podáis guardar,
la quimera y el sueño.
 
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A los defensores de la pena de muerte
(Jueves Santo 1984)

Que callen los salmistas,
que los curas guarden
los ropones y los cirios,
los músicos los instrumentos
y los forasteros dejen
los saludos para luego.
Sí, dejad los salmos,
los saludos y los rezos,
y las túnicas los nazarenos.
Dejadlo, dejadlo,
dejadlo todo para luego,
que hoy…
vamos a hablar de la muerte,
de la muerte, y el prendimiento.
La muerte es hoy
el acontecimiento celebrado.
Es el gran acontecimiento.
Pero,... por favor,
vamos a dejar de alinearnos,
vamos a dejar de estar
siempre al lado de los buenos,
y responded a esta pregunta
que os dejo:
Si Cristo hubiera sido malo,
quienes lo mataron,
¿fueron acaso buenos?
 
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Papeles de mi cuarto.

Facturas viejas, versos olvidados,
sobres vacíos, libros y retratos.
Compañeros de tardes de domingo,
compañeros callados, solitarios.
Me dirijo a vosotros;
oscuros compañeros de mi cuarto.
Sé que no hay palabras,
os estimo y os acepto callados.
Esta tarde, el silencio,
es nuestro compañero.
Es, el gran compañero olvidado.
El silencio, que hoy, apenas lo rompe
el girar de una puerta,
el tic-tac del reloj,
¡y ese tordo tristón del tejado!
 
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La tarde.

En la tarde de invierno
el sol entra en mi cuarto,
dejando en las paredes
resplandecientes cuadros.
Hay en los chicos un run-run, y
un no se qué, alegre desenfadado,
mientras la tarde adormecida,
camina lentamente hacia el ocaso.
Se va el sol lentamente…
cambiando lentamente el decorado.
Se va como otras tardes,
cayendo hacia el vacío tramontano.
Lento se ve avanzar por su camino,
por su largo camino milenario.
 
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Granátula de Calatrava.

El aire del invierno
azota las persianas
y las nubes oscuras
amenazan con agua.
En las calles desiertas,
la tristeza varada.
La tristeza, el olvido,
la plaza, las acacias.
La puerta de la Iglesia
abre alguna beata.
Y los bancos sin nadie
me parecen fantasmas.
Tristes pían los pájaros,
se queja la campana.
Y hay murmullo de chicos,
junto a la fuente agria.
 
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Mi calle.

Oscuros adoquines,
cielos aborregados.
En el suelo,
pequeños charcos.
Frente a mi ventana
mujeres enlutadas
cruzan, con el casi
imperceptible ruido
de sus pasos.
En la plaza,
da el reloj las cuatro.
Saludo a Melitón
que cruza solitario.
Y ya la carretera,
oscuro asfalto, campo desierto,
desnudos árboles,
triste piar de pájaros.
Un coche se me acerca,
solo, jadeante,
estrafalario...
 
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La niebla.

Ha llegado la niebla
sobre el suelo escarchado,
y lo ha cubierto todo
con su frío sudario.
Ha borrado los cerros,
ha borrado los llanos,
ha borrado caminos,
ha borrado el poblado.
Sólo se oyen los ruidos.
Nos sorprenden de pronto
esos ruidos cercanos,
el sonar de una esquila
de un no visto ganado,
golpes de un leñador,
el volar de unos pájaros.
Jadeante run-run
de un camión solitario,
la voz de la campana,
que a muerto
está tocando.
 
  <<

 


 

Las nubes.

Ajenas cruzan las nubes
como un rebaño gigante,
tapando el azul del cielo
con sus grises cortinajes.
Y a su paso por el cielo
sobre campos y ciudades,
dejan caer la tristeza
que viene al suelo a posarse.
No sé dónde van las nubes
por un camino tan grande.
No sé si se mueven solas
o si las empuja alguien.
Solo sé que yo las miro
y las veo deslizarse
despacio, como dormidas,
con una abulia muy grande.
Quizá de andar el camino
sin tener donde posarse.
Por eso cuando las veo
hacer su peregrinaje,
pienso…
¿será eterno su camino?
¿o llegarán a pararse?
 
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Apuntes al camino de la piedra.

Caminito chico,
en tu cuesta grande,
A  un lado barbechos,
al otro olivares.
--
Sobre ti, camino
cuando el día nace,
sube tempranito,
para volver tarde,
un rebaño chico
y un mastín muy grande.
--
Sobre ti, camino,
en la primavera,
con los días grandes,
se oyen cantar pájaros
y cruzar enjambres.
Y por los barbechos
y los olivares
detrás de las yuntas,
se oyen los gañanes.
--
Caminito chico
a tu lado pacen
eternas ovejas
con viejas esquilas
y lanas muy grandes.
Y junto a las piedras,
en la cuesta grande
cargado con leña
se ve un caminante.
--
Sobre ti, camino,
por tu cuesta grande,
¡dos galgos corriendo!
¡la  liebre delante!
Y por los barbechos
y los olivares…
lanzando destellos,
se pierde la tarde.
 
  <<

 


 

A Inocente Ciudad, que oyendo a D.
Antonio Machado,
recordó mis versos.

No puedo creer ... no creo,
que lo que yo escribo y pienso
parezca la misma voz,
ni parezca el mismo verso
que los que oíste sentado
en tu sillón esperpéntico.
Me citas tú los caminos,
los álamos, los barbechos,
las zarzas, los olivares,
los galgos o los jamelgos.
Y te recuerdan pasajes
escritos en otros versos.
No son iguales pasajes,
ni son iguales los versos.
Acaso iguales caminos,
pero distintos jumentos.
Despacio mira la vida,
observa el pasar del tiempo,
y ve, cómo se repiten,
los sembrados, los barbechos …
y por los mismos caminos
cruzan distintos jamelgos.
El diario acontecer
nos va dejando en el tiempo,
una estela dolorida,
que los poetas, cronistas
del diario acontecer,
con monótono sentir,
vamos reflejando en versos.
 
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Procesiones de mi pueblo.

Tiene mi pueblo una iglesia
con unos santos muy viejos
y siempre, en Semana Santa,
forman procesión con ellos.
Hacen filas las mujeres,
y en medio va el campanero,
que lleva un viejo estandarte
cosido y con muchos flecos.
Las mozas van en las filas,
todas vestidas de negro,
llevan mantilla de blonda
y un medallón en el pecho.
Detrás van las hermandades,
de blanco, morado y negro.
Viejos soldados de Roma
van terminando el cortejo.
Y cuando cruzan los santos,
salen los hombres a verlos,
se arrodillan a su paso
y van rezando en silencio.
Abre el cortejo San Juan
(Juanillo le llama el pueblo),
después va el Resucitado,
la Magdalena, San Pedro.
Luego va La Dolorosa,
y detrás va el Nazareno.
¡Antigua Semana Santa!
¡Santos viejos de mi pueblo!
Aunque un día esto termine,
viviréis en el recuerdo.
 
  <<

 


 

Paseando.

En la luz otoñal
de esta acabada tarde,
van lentos los rebaños
en busca del sosiego,
de porches y corrales.
Los chopos del arroyo,
cual fila de gigantes,
van dejando las hojas
que en suave zigzaguear,
van al suelo a posarse.
Escuchando hacia el pueblo,
la campana que late.
De entre las chimeneas,
humos zigzagueantes
dibujan en el cielo
disparadas formas
y caprichos volátiles.
¡Qué solos los caminos!
ya no vienen gañanes.
Los cascos del caballo
vienen a recordarme
que como ellos, la vida,
terminado el camino
llegará a pararse.
Y la noche que llega,
con el frío, su amante.
¡Aligera caballo!
La hemos vuelto a perder.
¡Se ha perdido la tarde!
 

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Atardecer.

Por el camino, la tarde.
Entra las nubes, el sol.
Árboles que mueve el aire.
Tras el camino, camino.
Y por el camino el aire.
¿Dónde llevará las hojas,
que le ha quitado a los árboles?
Junto al camino, el arroyo
serpentea entre los árboles.
En las zarzas del camino,
desnudo como la tarde,
un pájaro triste, enfermo,
lanza sus quejas al aire.
¡Ay tarde, camino y agua
arroyo, zarzas, estanques...!
Como las hojas quisiera
y empujado por el aire
cruzar por estos caminos
y junto con ellas, muerto,
en el arroyo descanse.
 
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Prólogo para un lector lejano en el tiempo.
Si a ti, lector amigo,
te llegan estos versos,
de descuidada métrica,
sin rima, casi sueltos,
roídos de ratones
y amarillos del tiempo,
tendrás de mí noticia
cuando ya no sea nada,
ni siquiera recuerdo.
Míralos pobres
como las zarzas,
como el camino,
como el ciprés,
como el invierno.
Pero mira, lector,
crucé por mi camino,
mediado ya lo llevo.
Jalones de mi vida,
que queden estos versos.
Y con la que me queda,
puede que no la gaste
que me la lleve dentro.
Ya, que a mitad, me encuentro,
pobre, cansado, triste,
herido, solo,
dolorido... viejo.

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A Salvador y Carmen,
a cuya boda, en
tierras de León fuimos invitados.

 

En coche grande y de hierro
muy sobrado de caballos,
ricamente guarnecido
y muy bien refrigerado,
a Benavente, en León,
caminan los calatravos.
Son muy pocos los viajeros,
sólo parientes cercanos,
que a celebrar una boda
habían sido citados.
Antes de nacer el día
ya engancharon los caballos.
Cuando bultos y viajeros
todos se han acomodado,
a una voz que da el cochero
los caballos arrancaron.
Pasaban pueblos y pueblos,
galopaban los caballos.
Caminos de dos jornadas
en horas lo van logrando,
y antes de que medie el día
en Madrid nos encontramos.
Paramos en un mesón,
que hay junto a un templo sagrado,
do esperan otros parientes
que allí han sido llegados.
Hay un frugal refrigerio
y una vez que hemos montado,
alguien da la voz de «en marcha»
y en marcha van los caballos.
Trotando cruzan Madrid,
en poco lo hemos cruzado.
A un impulso del cochero
otra vez van galopando.
Por la sierra de Madrid
a todo galope entramos.
Pasamos pinos y pinos.
Junto a un pantano pasamos
y para dar un respiro
y descanso a los caballos,
en un cerrado pinar,
allí todos nos bajamos.
Sacaron ricas pretinas
que al punto las atacamos
y dimos cuenta de alguna,
no todo lo preparado.
Tomamos agua y frutas
y apoco de esto arrancamos.
Pasamos el Guadarrama.
Por Castilla galopamos.
Algún pequeño pinar,
algún serrijón pelado.
Algún par de cigüeñas,,
sobre un viejo campanario.
Las secas mieses de julio
cubren todo lo que andamos.
Por despoblados caminos
sólo ruedas y caballos.
Cruzamos con poca gente,
casi con nadie cruzamos.
Pasado ya de las seis
a Benavente avistamos.
Hermosa vega la cerca
que enverdinecen los álamos
y en el más alto horizonte
avistamos al palacio
del Conde de Benavente
donde hemos sido invitados.
Fuimos allí recibidos,
y allí fuimos invitados
por la familia del novio
que allí, estaban hospedados.
Tomamos agua muy fría,
otros tomaron helados.
Cambiamos ropas del viaje
por otras de mejor paño,
y a la hora convenida
como ya estaba acordado
a la casa de la novia,
juntos nos encaminamos.
Esperó a la puerta el novio,
y a la novia la sacaron
el padrino y la familia
que allí estaban aguardando.
Juntos fuimos a la Iglesia,
y juntos allí esperamos
que intercambiaran las arras
y allí fueron desposados.
Hubo plática o sermón,
que la dijo un ordenado
expresamente venido,
porque amigo era de ambos.
Sigue el Santo Sacrificio,
la Consagración, alzaron,...
De Benavente comulgan,
comulgan los calatravos.
Fina el Santo Sacrificio,
el templo desalojamos.
Calatravos, leoneses,
formamos grupo compacto.
Y salidos de la iglesia
juntos nos encaminamos
a los palacios del Conde
donde éramos esperados.
Hallamos las mesas puestas.
Todo estaba aparejado.
En el comedor del Conde
pronto estuvimos sentados.
A los novios y padrinos
los han subido a un estrado
a presidir el banquete
con que somos obsequiados.
Las mesas están repletas
de viandas y de invitados.
Buenos vinos de Rioja,
recios vinos castellanos.
Y con las viandas y el vino,
mientras los vamos mezclando
calatravos, leoneses,...
van entablando diálogo.
Por las amplias cristaleras
el día se va alejando.
El tiempo pasa deprisa,
la luz que el día se llevó
deja más íntimo el marco.
Con toda fuerza relumbran
lámparas y candelabros,
que dan luz a los claveles
blancos, bermejos y gualdos.
Llegan los dulces, licores
y vinos achampañados.
Alguna copa se vierte.
muchos vivas coreados.
Y la voz de Luís María
que anima a los calatravos.
Pasada la media noche,
los novios se han levantado,
a todos dicen adiós,
a todos han saludado.
Se van a sus aposentos
a disfrutar lo esperado.
Al despedir a los novios
hemos todos levantado,
nuestra copa de champaña
y, juntos, hemos brindado.
Salimos del comedor,
en un patio del castillo
bellamente ajardinado,
empiezan las despedidas
de León y Calatravos.
Ya, recobradas las fuerzas,
los adioses terminados,
por una cuesta muy pina,
nos salimos del palacio.
A la puerta está el cochero,
los caballos enganchados.
Una vez que hemos subido,
y los bultos colocados,
a la voz de «en marcha»
en marcha…
Por caminos de León,
pasada la media noche,
a Castilla galopamos.
 
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A Don Quijote en su lecho de muerte.
¡Qué serio está Don Quijote!
¡Qué serio, señor, qué serio!
Ha perdido la locura
que daba a su alma sustento,
y,  ahora, cerca de la muerte,
se  ha vuelto juicioso y cuerdo.
Cuando se oigan las campanas,
que, por él toquen a muerto,
y vengan a despedirlo
sus amigos y sus deudos,
dirán  en sus oraciones,
toda su vida fue un loco,
ha  muerto juicioso y cuerdo.
Yo no quiero Don Quijote,
morir como tú en el lecho,
con  el alma destrozada,
y el cerebro sano y cuerdo.
Prefiero yo cabalgar
a lomos de mi jamelgo
y  lanza en ristre chocar
con  los molinos de viento.
Si no los oigo caer,
oiga  el quebrar de mis huesos.

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A LA CASA DONDE NACÍ Y DONDE VIVO,
EL DÍA ANTERIOR A QUE FUERA DERRIBADA POR LA EXCABADORA.

Mi casa sola…
abandonada, vieja…
la cubren hoy los nidos,
en sus volcadas tejas.
Tan descuidada fue,
que, a otros lugares,
se le marcharon
cuadras, bodegas,
y pajares,
y no le queda,
ni mulas, ni carros,
ni arboleda.
Por sus estancias,
campean a su antojo
las arañas, y los gorriones,
han llenado de paja
y de tristeza sus rincones.

 

 

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A LAS RUINAS DEL CASTILLO DE CALATRAVA

Viejo gigante caído,
dormido sobre las piedras,
el tiempo te desnudó,
y nos muestra tu osamenta.
Me traen tus viejas murallas,
tus capillas y tus celdas,
el recuerdo emocionado
de un viejo cantar de gesta.
Tus negras y frías bóvedas,
tus capillas y tu iglesia,
hacen sentir en mi mente
el espíritu guerrero
de nuestra airada Edad Media.
Y por tus amplios salones,
y en tus altivas almenas
se tomaron decisiones
que acataron los de dentro
y temieron los de fuera.
Ya nada queda de aquello,
sólo escombros, sólo piedras,
sólo recuerdos perdidos,
inconexos y sin fuerza.
hoy, un cura y un monago,
dicen ser tus albaceas,
mueven o quitan escombros,
cambian ventanas o puertas,
te administran a su antojo,
y como a un oso en la feria,
por enseñar tus estancias,
van cobrando unas pesetas.
Pasen… señores… pasen…
sólo se cobran unas perras…
vean cómo hicieron su casa,
los nobles de la Edad Media.

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A un amigo

Hecho ceniza, acabado.
Supo aguantar. Aguantó.
Más dejó de terminar,
lo que él esperó alcanzar.

Tal vez pensó que podía.
Más todo fue equivocado.
Falto de fuerza y cansado
de tan larga letanía,
dice adiós a la alcaldía.

Quede pues recompensado
del duro camino andado.
Que en camino equivocado
es donde ha sido apaleado.
Y donde lo han rematado
con terrible cornalón.

 

 

 

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Intimidad.

Solo yo conmigo hablo
y conmigo yo me entiendo.
Yo me hago los reproches,
y solo yo los comprendo.

Yo solo evoco mis penas,
y solo las voy sintiendo.
Solo evoco mis pesares,
y solo mi angustia siento.

Siento solo mi alegría,
y mi tristeza comprendo.
Evoco solo el pasado.

Y a solas con mi tristeza,
mi alegría y mis recuerdos,
es cuando yo bien me encuentro.

 

 

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Caminos

 
Por estos caminillos

estrechos de mi patria,
solo voy caminando,

con mi alma sonámbula.
Y por estos senderos, 

 van llegando a mi alma
extraños inmigrantes

 que se acercan, 
y que en el fondo

de mi alma acampan.
Así siento  latir

dentro de mí
como parte integrante

 de mi alma,
la tristeza otoñal

de los olivos,
el cilicio milenario

 de las zarzas.
El alegre recuerdo

de las yuntas
cuando al término

feliz de la jornada
entre el ruido

de voces y cencerras
al pueblo se acercaban.
El patético relincho de la yegua,
que a la cría no ve, y la reclama...
el paso ligero de los burros
con sus cargas

de encinas y de jaras.
El monótono sonido de la esquila,
que se oye tañir
en lontananza.
El sol se va despacio, por su senda.
Las sombras de los cerros se agigantan.
El camino serpentea hacia los altos
hay tomillos, jarales y retamas.
La niebla de los cerros baja,
con su manto…
a  todos nos arropa,  y nos hermana.
Yo en este camino paseando solo,
 la tristeza varada en mi garganta.
Hermano del pastor y de la oveja.
Hermano  del camino,  y de las zarzas.
 
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CUANDO YO ME MUERA

Madre cuando yo me muera,
abrazarás tú mi cuerpo
y yo me quedaré quieta. 
Cuando yo me muera
oirás el viento silbar
llamando en tejas y puertas,
Cuando yo me muera,
madre cuando yo me muera;
mi cuerpo quedará frío
y del color de la cera.
Cuando yo me muera 
la campana de la torre
sembrará de inquietud y pena.
Cuando yo me muera madre

bajarán las campanadas
despacio, redondas,, muertas.
todo esto pasará…
y que nadie recuerda.

 

 

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DESTELLOS DE LA TARDE

 
Con sus últimos destellos
me dijo el sol una tarde:
Un día me cansaré,
de subir por las mañanas,
y de bajar por las tardes,
y a la hora de salir
puede que no me levante.
 
 
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EL MAR

 
El mar…
la mar…
las olas.
Al fondo…
gaviotas,
nubes…
velas…
Bronco bramar
del mar…
olas que llegan.
Cansada está
La silla
de la espera
Acaricio recuerdos…
tú no llegas…
 
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FLORECILLAS DEL MONTE

 
Pequeñas florecillas
perdidas en el monte.
jardines escondidos
que el hombre no conoce.
Permitidme vosotras,
florecillas del monte,
que os cuente mi tristeza
a pesar de ser hombre.
Solo voy caminando
rompiendo mi alma a golpes.
Y por tristes caminos
y  estrechos callejones,
va  quedando mi vida
silenciosa, sin nombre.
Quiero apartarme un poco,
perdonad que os estorbe
un momento tan solo
florecillas del monte.
Dejad, que vuestro aroma
inunde mis pulmones
y que en este silencio
que los ruidos no rompen,
vaya yo recobrando,
despacio, golpe a golpe,
con ritmo acompasado
mi espíritu y mi nombre. 
.
 

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 A VALENTÍN VILLALÓN BENÍTEZ EN LA INTIMIDAD.

 

Silencio en conversación,

distraído en el hablar,

exagerada abstracción.

Síntomas que analizar.

 

Se suele así comportar,

quien mundo aparte se forma.

Es curioso sin embargo,

que en fenómenos pequeños,

suela desenmascararse

el deambular de sueños.

 

Una copa de ginebra.

Un whisky, otra vez será,

a veces, un cigarrillo,

cualquier cosa, que más da.

Detalles son que reflejan,

un personal caminar…

por íntimos mundos suyos

que nadie conocerá.

 

 

Fdo.: Inocente Ciudad Villalón.

 

 

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UNA TARDE CUALQUIERA DE UN DOMINGO.
 He salido esta tarde
por el camino viejo,
dejando la tertulia
del casino mugriento.
Sin nada que pensar,
acaso un poco triste,
un poco macilento.
Es domingo, en el campo hay,
un marcado silencio.
El Sol, va ya hacia abajo,
acercándose al cerro.
En los desnudos árboles,
algunos pajarillos,
revolotean inquietos.
Mas arriba, en el cerro,
las voces de los chicos ,
emulan a guerreros.
Y por la carretera…
un coche que la cruza…
un labrador… un perro.
Y vuelto, ya de espaldas,
he mirado hacia el pueblo,
como siempre, en su sitio.
Eternamente quieto.
Entre grises tejados,
se alzan las higueras
de ramos esqueléticos.
La iglesia, el campanario,
el viejo cementerio.
Una tarde cualquiera de un domingo.
Un domingo cualquiera del invierno.

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Plaza de Ciudad RealPlaza de Ciudad,
desde un viejo café
observo tu paisaje.
Silva la cafetera…
en el televisor
discuten dos rapaces.
Plaza de Ciudad Real,
siempre el mismo paisaje,
tus viejos edificios,
poco a poco,
veo desmoronarse.
El sol va ya muy alto,
lo veo en los tejados
dispuesto ya a marcharse.
Telefonea una chica.
¿Acaso algún romance?.
Y la gente que cruza…
siempre el mismo paisaje.
Siempre las mismas gentes
con distintos ropajes.
Han abierto el kiosco,
el sol de los tejados
acaba de marcharse.
Plaza de Ciudad Real,
sobre un cartel azul,
mueve tu nombre el aire.
Plaza de un pueblo grande.
El tiempo se me acaba
y tengo que marcharme.
¡Cuántas veces te veo!,

¡Sin que en ti nada cambie!

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NAVIDAD.

   

Con las cartas en la mano,
A la espalda su morral,
recibir hoy al cartero,
cuando os venga a visitar.
 
Él como siempre, ofrecido,
a su alegre profesión.
Para llevar un recuerdo,
una esperanza, un adiós.
 
Con la esperanza delante,
y los recuerdos detrás,
recibir hoy al cartero.

Cuando os venga a visitar,
él os traerá la alegría,
de una feliz Navidad.

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MI ÚLTIMO LECHO

Quiero apartarme de todo,
hasta de mi pensamiento.
Quiero ser cuerpo sin sombra,
quiero ser, alma sin cuerpo.
Quiero que la muerte llegue
lo más pronto hasta mi cuerpo.
Quiero descansar en mí,
muy pronto, lejos, muy lejos.
busco un sitio perdido
donde no haya nada dentro.
Que niebla densa me cubra.
Que me acompañe el silencio.
Que la vida que se va,
no me vuelva a mi recuerdo.
Que la soledad y la niebla,
la muerte, la piedra… el silencio,
sean los fieles compañeros,

con quien descanse mi cuerpo. 


 

 

 

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LOS HOMBRES SON LOS SUEÑOS DE LOS DIOSES
THANATOS 
(dios del olimpo encargado de ejecutar a los mortales)

He recorrido todos los caminos.
Conozco todos los senderos.
He flanqueado todas las puertas.
Sin embargo, hay multitud de llamadas
a las que no puedo acudir.
Mi nombre se pronuncia,
con respeto y miedo.
Los mediocres y los cobardes me temen
y guardan para mí
los adjetivos más ignominiosos.
Desde aquí, yo les digo: que un día,
me verán,  y no pasaré desapercibido,
como ellos esperan y quieren.
Nací con la vida.
Mi viaje es tan largo como el suyo,
y como todo camino,
está poblado por guijos y zarzas,
sin que por ello  falten
agua,  sombras y pájaros.
Cuando mi obra termine,
cuando se hayan marchado
todos los pájaros
hayan desaparecido todas las voces
y las sombras cubran todos los senderos,
veré culminada mi obra.
Entonces, el sueño será para mí,
ese último consuelo reparador.

 

 

 

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